Diario La Capital - Suplemento de Cultura (14/01/1990) -
Errando por una faz errante
por Sergio Eddom
Calabrese, Daniel. La faz errante.
Premio Alfonsina 1990
Editorial RHE
La vida del poeta es un constante placer unido a una angustia redefinida como disfrute, porque ambos elementos conforman la esencia de la vida en una relación entre desafío y crítica de lo que existe o se encuentra establecido. Desde los helénicos, donde la figura de Diógenes (histriónica y procaz) hace de la burla y la risa una provocación utilizando el objeto más allá de sí para convertirlo en parte de una “retórica sin retórica” (casi contraria a la aristotélica), la poética de Daniel Calabrese aparece con un perfil psicológico con brotes melancólicos y burlas a los propios brotes por medio del trabajo de la contradicción. Más allá de un planteo existencialista, conforma un razonamiento que se niega a sí mismo para reanudar la conciencia de lo que se está diciendo en un trabajo que supera las barreras de los pensamientos lógicos y se guarda de los estructuralistas.
Casi un “perro ofiuco”, como el creador de la burla helénica, recrea su versificación con la capacidad de la inocencia, el absurdo de las conceptualizaciones basadas en el Yo, en una cosmovisión que se levanta en cosmogonía pura para transformarse en la arrogante crítica de la autoafirmación humana contra la ideologización prematura de nuestra época. A pesar de las normas vigentes con las que juega La faz errante, nos podemos acercar a una capacidad creadora cuyo desarrollo constituye “la faz romántica” de un camino poco recorrido, que es el de las poéticas autogeneradoras. Caminando por las dos primeras etapas que, más allá de convertirse en introductorias, son obras por su autonomía lírica (esencia directa del mensaje y paralelismo lógico dentro del trabajo de la ilógica), comienza la ironía de un pensamiento que sobrepasa al hecho consciente para juzgar “más acá” del esquema colectivo. Nos demuestra un cinismo de la lengua casi químico (como decía Sócrates), materializado en base a la creación de las eras subsiguientes que dividen al libro en faces recónditas, y lentamente comienza a superar lo convencional para configurar una lengua que se desenreda como el pensamiento constituido en palabra, sin necesidad de pasar por el parámetro real de los pensamientos utilitarios.
Tras un jugoso prólogo de Juan-Jacobo Bajarlía, que habla por su propia estructura (aquí no trataremos los puntos de vista de quien prologa, loable por su idiomática y trayectoria), el libro se divide en tres momentos que están plasmados casi plásticamente, y que respetan las secuencias de abstracción a las que se pueda ver sometido el lector.
Así pasamos por “Dirección de la hoguera”, “Luna sucia” y “La balsa de La Medusa”, retomando una visión primaria con impresión de arte. Tras algunos acercamientos por vías indirectas en el desarrollo inicial, comienza a vislumbrarse la cosmogénesis de Calabrese, que es más que la imaginería alocada de un excéntrico poeta: es el “visus”, el “vix luminare” —apenas alumbrar— de los autores clásicos que, por medio de lo que llamaban “retórica”, se acercaban a sus contemporáneos. Ahora bien, ellos lo decían todo sin llegar a ocultar aquello que no debe ser visto porque debe ser instituido. Entonces, cada verso se transforma en objeto y cada sector en elemento reconocible por sí mismo y pensable por su autoestructura. Gracias a este procedimiento (válido para la narración, la poesía o cualquier rama de la literatura y del arte), Calabrese accede al sujeto narrativo transformado en potencial y no en “vitellum” —como se le ocurrió a un latino alguna vez definir al poeta—, de lo que debe ser dicho. De esta manera, o mediante el recurso indicado, obtiene la tensión entre objetividad lingüística extrema y extrema irrealidad de lo expuesto.
Intentando mostrar “qué es lo que es” y no todo lo que significa, podemos caer en explicar concretamente la obra (en el caso de la crítica) fuera de su elocuencia, para establecer una guía de lectura. No importa qué significa La faz errante, para lo cual me remito a Susan Sontag: “en lugar de una hermenéutica necesitamos una erótica del arte”. Sin importar que clásicos y contemporáneos aparentemente se contradigan, se pude llegar a la conclusión de que la teoría del epicureísmo no estaba lejos de sentir como sienten los Balbos en De Oratore, perteneciente a Cicerón, o el propio Epicuro que, más que un sensualismo por atracción química, describió un sensualismo efectivamente erótico. Calabrese no se encuentra lejos de estos seres ajenos para el hombre actual. Sus imágenes resultan casi como las imágenes de Cicerón en el capítulo 41 de su obra Sobre la naturaleza de los dioses, precisamente en “El auriga”, donde la forma poética sucumbe en las palabras para plasmarse en significados ubicuos, solos, austeros y a la vez absolutamente inmersos en la imagen del “pensamiento creador de mitos” (Frankfort y Jacobsen).
Cuando la etapa culminante de La faz errante encuentra el “hyein” de las palabras, casi como la lluvia de oro de Dánae o los enamoramientos de Zeus, Hera y Ganímedes, es donde Epicuro y Cicerón, contrapuestos filosófica y teológicamente, se dan la mano para ensalzarse en “La balsa de la Medusa”, inspirada en la obra de Theodore Gericault, que plasma el hundimiento de la fragata Medusa en 1816.
Una sensualidad fatalista ahoga entonces las diversiones de los hipócritas, con el fin de olvidar las ironías de la etapa de rupturas de la primera faz, y “finaliza el comienzo” de “Luna Sucia” con el objeto de introducirse en un antropocentrismo que se hace de las mentes más sensibles dentro de la literatura. Revive una síntesis de cristalizaciones halladas en los tiempos pretéritos, “cuando allá en lo alto” (Enuma Elish) el hombre recurría a las sensaciones para después transmitirlas como en la lengua se habían generado, y tenía como finalidad absoluta la inspección de “un universo que se nos presenta en cada punto de nuestra estancia en la tierra” (Shalon, 1984).
Desde el ser humano, las líneas armónicas trazan un círculo que va de otros rumbos lejanos al obrar “pro tempore” (a pesar de que la creación poética se maneja según sus tiempos) para aceptar la atemporalidad como punto de partida y como conclusión. La última soledad olvidada y abollada de la Medusa, reanima hasta los versos de Virgilio (Eneida, II, 363) donde dice “plurima mortis imago”, refiriéndose a la última noche en Troya. Así, la muerte es representada bajo sus mil aspectos y desafía la palabra de Séneca en Las troyanas (“post mortem, nihil est”) para encumbrarse como un mítico de nuestros días, que duda de la nada que nos presenta la civilización como respuesta.
Daniel Calabrese acepta las libertades, las potencialidades de la literatura, los elementos sin número que arrastran las peculiaridades en sí con la duda permanente de la eternidad y “lo finito”. Seguramente, no le importa lo dicho por Horacio en El arte de la poética (308) —“quid deceat, quid non...” — porque ni el mismo poeta sabe lo que le conviene o no. De ahí la ausencia de un principio mayúsculo y de un final concreto.
La faz errante resulta un producto sintético, continuo y abierto al pensamiento de quienes quieren acercarse a la poesía contemporánea. Desdobla la queja humana y la restituye musicalmente para ensortijar los sentidos hasta el punto de la dualidad del idioma en su riqueza.

